Por: Angélica Ospina, Presidenta del CCCS
Hoy, mientras Colombia enfrenta las afectaciones generadas por la reciente actividad sísmica, nuestra prioridad debe ser, por supuesto, responder a las necesidades urgentes de las familias y comunidades afectadas.
Pero también tenemos una responsabilidad con el futuro.
Cada proceso de reconstrucción implica tomar decisiones que permanecerán durante décadas. Por eso, reconstruir no debería significar simplemente reponer viviendas, infraestructura o equipamientos en las mismas condiciones en las que estaban. Este es un momento único para hacer las cosas mejor.
Si lo vemos como una oportunidad para que los territorios que reconstruyamos sean más seguros, las comunidades estén mejor preparadas y las personas puedan acceder a espacios más saludables, confortables y resilientes que aquellos que tenían antes.
Por eso la sostenibilidad debe ser un eje rector de la reconstrucción, permitiendo optimizar recursos, fortalecer la gestión del riesgo, mejorar el bienestar de las personas, responder a las realidades de cada territorio y generar un desarrollo con visión de largo plazo. Bajo esta perspectiva, hay cinco ejes para orientar las intervenciones en las zonas afectadas.
En primer lugar, reconstruir reduciendo vulnerabilidades. La gestión del riesgo debe orientar dónde y cómo reconstruimos, cómo protegemos la infraestructura crítica y cómo aseguramos la continuidad de los servicios esenciales. Y debe considerar no solo las amenazas naturales, sino también los fenómenos cada vez más frecuentes e intensos asociados al cambio climático.
La resiliencia también tiene una dimensión económica. Una reconstrucción resiliente contribuye a reducir pérdidas futuras, proteger el patrimonio de las familias y salvaguardar la inversión pública y privada.
Esto debe ir acompañado de poner el bienestar de las personas en el centro. Las nuevas viviendas, centros educativos, hospitales, espacios públicos e infraestructuras deben ser seguros, saludables, accesibles y adecuados a las condiciones de cada territorio. La recuperación no puede medirse únicamente en metros cuadrados construidos, sino en la capacidad de esos espacios para mejorar la calidad de vida y fortalecer el tejido social.
La reconstrucción también debe ser una oportunidad para hacer un uso más eficiente de recursos y la inversión pública. La incorporación temprana de criterios de sostenibilidad permite identificar oportunidades de diseño y construcción que mejoran el desempeño de los proyectos sin necesariamente incrementar sus costos iniciales. La construcción sostenible no tiene que costar más, y puede generar mejores resultados financieros, operativos y sociales. Una reconstrucción sostenible no solo atiende la emergencia actual, sino que disminuye costos futuros de operación, mantenimiento y reparación.
Y hay otro desafío que debemos incorporar desde el comienzo: ¿qué hacemos con todo aquello que debemos demoler? La gestión de RCD debe ser parte integral de la estrategia de reconstrucción, avanzar en su aprovechamiento como agregados y materias primas secundarias, fortaleciendo mercados, capacidades técnicas y cadenas de suministro que permitan que estos materiales vuelvan al ciclo productivo y fortaleciendo el desarrollo de una industria más circular, eficiente y sostenible en el tiempo.
Ahora, un factor clave es entender que reconstruir exige reconocer que cada territorio es diferente. Las soluciones deben responder a sus condiciones ambientales, sociales, culturales y económicas, y deben construirse escuchando a las comunidades. Porque cuando una comunidad pierde su vivienda, no pierde solamente una estructura física, puede perder redes de apoyo, espacios de encuentro, actividades económicas y parte de aquello que construía su vida cotidiana. Por eso, la reconstrucción debe ser también una oportunidad para fortalecer esas redes, preservar la identidad territorial y generar comunidades más cohesionadas y preparadas para enfrentar futuros desafíos.
Por último, la emergencia exige actuar rápido, pero actuar rápido no significa actuar sin visión. Tenemos la posibilidad de que, dentro de algunos años, cuando miremos hacia atrás, no recordemos este proceso solamente como la respuesta a un desastre, sino como el momento en que actuamos respondiendo a objetivos de ordenamiento territorial, adaptación climática, movilidad sostenible, protección ambiental y desarrollo económico. Donde se consolidaron ciudades más compactas, conectadas, inclusivas y resilientes, capaces de ofrecer oportunidades y bienestar a largo plazo.
Reconstruir mejor es posible y Colombia cuenta con avances importantes para asumir este reto.
Porque la pregunta no es solamente cómo reconstruimos lo que perdimos. La pregunta que debemos hacernos es ¿cómo hacemos para que las personas, las comunidades y los territorios estén mejor preparados y tengan mejores condiciones de vida después de reconstruir?



